La paz del resucitado de nuestra hermana carmen, ha sido un gusto poder conversar a través de la computadora. Realmente que la computadora es una maravilla salido de la mente humana. ¿Cómo es posible vernos en un segundo a través de la cámara? Es increíble la inteligencia humana.
Veo que te interesa mucho el Ecumenismo, a mí también. He leído en tu página una sección acerca del Ecumenismo, y me he fijado uno que trata del Budismo. Me gustaría hacer un comentario sin ofender a ningún movimiento religioso.
BUDA Y CRISTO
BUDA Y EL PROBLEMA DE DIOS EN EL BUDISMO.
La figura de Buda en la doctrina y en la práctica religiosa posee una analogía con la de Cristo. Hay sin duda más diferencias que semejanzas entre las dos figuras. Trataré de hacer una semejanza fundamental entre las dos figuras, desde el punto de vista de la estructura de las religiones universalistas, cuyo origen se encuentra en la enseñanza de sus fundadores históricos: el movimiento mismo de la fe conduce a sus fieles a afirmar la autoridad absoluta y universal de la palabra de su maestro. Creer esta palabra y realizarla en la vida es entrar en el camino de la salvación.
Éste es precisamente el significado de la fórmula por la cual el budista se refugia en la triple perla del Buda, del Dharma (la ley) y del Sangha (la comunidad). La complejidad del “problema de Dios” en el budismo es muy grande.
Los doctores budistas operan sin Dios en sentido propio. Si encuentran a sostenedores del monoteísmo los combaten acusándolos de ser sostenedores del absurdo. “No se puede admitir que Dios cree: porque, inmutable como es, creará siempre todo al mismo tiempo; porque si el orden de la creación depende de alguna causa exterior a Dios, Dios ya no sería la causa absoluta y única. No se puede admitir que Dios cree para su placer personal, porque si no es él suficiente a sí mismo, entonces no es Dios. Tampoco se puede admitir que Dios cree para el placer de otros, porque el universo está lleno de sufrimiento. Si afirmas que Dios es creador debes de admitir que Dios se alegre en el sufrimiento”.
Si el acto es la causa de todo, Dios no es necesario como causa de nada. Por lo demás, e inversamente, si se le deben atribuir las acciones humanas, el pecado y la acción humana, entonces el hombre no es sino un autómata, tan importante como ignorante, empujado por Dios mismo hacia el infierno o hacia el cielo.
Y por eso ellos no sienten ninguna necesidad de afirmar a Dios. Del Absoluto el budismo no ha querido decir más. Quizás no hubiera podido, ya que el Maestro les había advertido: “De lo que allí ocurre no se puede hablar. Quien ha llegado allí no conserva nada que pueda ser designado con un nombre. Pues una vez que todos los elementos han desaparecido, desaparecerán también las vías del lenguaje” (Suttanipata 1076).
JESUCRISTO
Dice la carta a los hebreos (1,1): “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, ahora nos ha hablado por su Hijo”.
En estos últimos tiempos, incluyendo y excluyendo a toda religión, Dios eterno se ha manifestado, de manera definitiva, en Jesucristo. Todos los milenios que hayan transcurrido o que tengan que transcurrir antes o después de Cristo, son como gotas de agua en un cubo. Cristo Dios en su unión con el Padre y el Espíritu Santo es el único, exclusivo y solo Dios del cielo y de la tierra. En todo el ámbito de la historia de las religiones no se encuentra en ningún lugar este único Dios y este único Cristo. Pero Cristo es también hombre perfecto, como es perfectamente Dios. Y por eso no está solo junto a Dios, sino también junto a nosotros los hombres; o mejor todavía, Él no está solo junto a Dios y junto a los hombres, sino en medio de ambos, como mediador a través del cual nosotros llegamos al Padre, porque el verbo eterno de Dios ha descendido hasta nosotros no en la forma de Dios, sino en la forma de siervo.
El significado de la encarnación es la redención del ser humano, sumergido en la culpa y el sufrimiento, para llevarlo a la libertad de los hijos de Dios. Para esto Cristo ha vivido y ha enseñado, para esto ha muerto y ha resucitado, para esto ha enviado su Espíritu sobre nosotros. María tenía que llegar a ser la Madre de la Gracia; y los Doce apóstoles, las columnas de la Iglesia; en el camino del sufrimiento y del amor la Iglesia realiza la Redención hasta el final de los tiempos. Cada uno individualmente y todos colectivamente poseen una relación íntima y personal hacia la Cabeza y el Señor de quien llevan el nombre. Él otorga a sus hermanos paz y alegría juntas y el misterio de la fuerza.
LA SALVACION BUDISTA Y CRISTIANA
1.- LA SALVACIÓN EN EL BUDISMO.
Los ocho senderos que conducen a la destrucción del sufrimiento son: la recta concepción, las rectas aspiraciones, el hablar recto, la recta conducta, la vida recta, el recto esfuerzo, la recta atención y la recta contemplación. Todos estos caminos están comprendidos en estos tres: los senderos de la moralidad (sila), de la concentración (samadhi) y de la sabiduría (prajna). El recto hablar, el recto obrar y la vida recta constituyen la moralidad; el ejercicio mental está incluido en el esfuerzo recto, en la recta atención, en la recta resolución y en la recta concepción.
El compromiso moral consiste en la consciente y deliberada abstención de cualquier clase de pecado, tanto de pensamiento como de palabra o de obra. El objetivo principal de este compromiso es el de evitar cualquier acto que haga daño a los demás.
La concentración es necesaria para eliminar todas las pasiones, porque no es suficiente evitar sólo el mal, sino que hay que purificar la mente. La práctica de la meditación tiene como finalidad desarrollar los poderes latentes del individuo y eliminar los vínculos, los vicios innatos y las concepciones equivocadas, que impiden la penetración intelectual. A través de la meditación el aspirante reduce gradualmente la actividad de sus pensamientos y entra en las esferas más elevadas del mundo espiritual.
El tercer estadio de la sabiduría o del conocimiento perfecto consiste en que el individuo reflexiona sobre sí mismo en cuanto purificado de todas estas propiedades malas y perversas, es decir, reflexiona sobre sí mismo en cuanto liberado. Al reflexionar sobre sí mismo una vez purificado y liberado, surge en él la exultación; al exultar surge la alegría; con la mente llena de alegría su cuerpo se calma; cuando, su cuerpo se calma está feliz y su mente está concentrada. Entonces se ha convertido en un arhat. Este conocimiento es una clara, precisa y penetrante visión, que tiene como objeto las tres verdades de todas las cosas: todas las cosas que derivan de una causa son transitorias, son penosas y no tienen un yo. Así se alcanza la perfecta felicidad que es el “nirvana”. En síntesis, la sabiduría es necesaria para purificar por completo el pensamiento y para asegurar la paz y el reposo. El estado final de la salvación es llamado “nirvana”, que significa literalmente “extinción”, y se dice que consiste en la cesación del sufrimiento y de la miseria. Es un estado en el que los deseos y las pasiones han sigo extinguidos, en el que cesa toda actividad y devenir. Positivamente es el estado de la felicidad suprema. El discípulo perfecto ha alcanzado un estado permanente de paz, algo de absoluto en cuanto contrapuesto al proceso del cambio continuo. La concupiscencia, con sus tres raíces de la pasión, del deseo de llegar a ser y de la ignorancia, ha sido extinguida. El “nirvana”, en resumen, es una cesación del deseo, una neutralización de las acciones y un final del penoso nacimiento. No es el ascetismo sino la fe quien salva a todos, decía Genshin, devoto del hinduismo: “Si para salvarse es necesario fiarse sólo de la propia inteligencia y de la propia virtud, ¿cómo pueden pensar en salvarse los miserables como yo?
LA SALVACION CRISTIANA
No existe pecado sino en relación con Dios y a su oferta de alianza y de comunión. El pecado tiene sentido sólo en relación al proyecto de Dios hacia el hombre y para el hombre: proyecto que consiste en la oferta de comunión, en la oferta de llegar a ser su pueblo que lo reconoce en la verdad y fielmente lo sirve, de ser introducidos en su familia con el título de hijos por gracia. Nuestros actos y nuestras aptitudes profundas nos hacen pecadores cuando van contra la verdad de esta relación. El pecado es irreparable y sólo puede ser perdonado. Es un campo en el que el hombre no puede liberarse por sí mismo. Tiene necesidad de ser salvado. Es Dios quien, en Cristo, ha reconciliado consigo el mundo, sin tomar en cuenta los pecados de los hombres. Jesucristo no es sólo salvador y liberador; es también Redentor. La sabiduría de Dios es la sabiduría de la cruz. ¿Quién es Dios que haya hecho que su UNICO Hijo haya muerto en la cruz? Es el Padre suyo y Padre nuestro. ¿Qué vínculo existe entre sufrimiento y amor, de modo que el amor no alcanza toda su verdad y su profundidad si no es al precio de un sufrimiento? ¿Qué vínculo existe entre la vida y la muerte, la fecundidad y la renuncia a sí mismo hasta perder la propia vida para que nazca otra vida?
La fe cristiana no habla de “redención” más que en el interior de una afirmación sobre el destino sobrenatural, es más, propiamente divinizador del hombre, término y rey de la creación sensible.
ALGUNOS ELEMENTOS PARA EL DIALOGO ENTRE CATOLICOS Y BUDISTAS.
El budismo es ciertamente una de las religiones que enseñan muchas y grandes verdades, y que inculcan muchos sanos preceptos morales, pudiendo conducir a una “santidad” interior y exterior muy elevada. Por eso la Iglesia se guarda bien de “rechazar”, y aprueba incondicionalmente todo lo que en él hay de “verdadero” y de “santo”. ¿Cómo podría rechazarlo la Iglesia, que ha sido constituida por Dios como Maestra de verdad y santidad? Sin embargo también es verdad que en el Budismo hay “modos de obrar y de vivir”, “preceptos y doctrina” que difieren en muchos puntos de aquello que la Iglesia Católica “cree y propone”.
Diferenciarse, con todo, no significa oponerse, es más, “no raramente” encontramos modos de acción y de vida, preceptos y doctrinas budistas que “reflejan un rayo de aquella verdad que ilumina a todos los hombres”. Por eso la Iglesia considera y trata con “sincero respeto” tanto la doctrina como los preceptos, los ritos sagrados y las instituciones del budismo y todavía más a las personas que las profesan y que los observan con un corazón recto y con una fe sincera.
El Budismo es esencialmente una “religión del camino” en busca de la verdad de la Iluminación, que viene de lo alto y en marcha hacia la liberación de los dolores de la vida y la felicidad del Nirvana. Sin embargo ignora a Dios y está privado del verdadero camino, es decir del Mediador que sea Dios y hombre al mismo tiempo; y también está falto de una clara escatología. A la Iglesia por tanto le satisface ofrecer a los budistas la plenitud de la verdad y de la vida, el Camino único y perfecto, el maestro divino y humano, Cristo, el cual es “el Camino” inconscientemente buscado por ellos, la “Verdad” infinita por ellos deseada y débilmente vislumbrada, la “Vida” que con su buena fe anhelan. Tan sólo en EL encontrarán los Budistas aquel Camino perfecto y aquella plenitud de Verdad y de Vida hacia los que, incluso sin que ellos se den cuenta, están ordenados. En esa plenitud encontrarán también esa reconciliación de todo y de todos que Dios ha cumplido y cumple en Cristo.
Para que se comprenda bien la diferencia actitud del cristiano y del budista en relación al “yo”, podríamos resumirla diciendo: mientras que el “yo” cristiano, tras el pecado original, sufre una enfermedad profunda, incurable sin la gracia, que se manifiesta en la concupiscencia, el “yo” budista, en cambio, no es sino una apariencia ficticia a la que tan sólo la ignorancia (avieja) y la concupiscencia (tanha) otorgan la ilusión de una cierta consistencia. En realidad, sin las cadenas de la sed de vivir (o del rechazo del vivir), no queda nada; son precisamente esas cadenas las que mantienen en una pseudo existencia del mundo del samsara.
El amor predicado por Buda no es naturalmente un amor de posesión o un deseo de ver, de conocer: es un amor de comprensión y de compasión, de participación espiritual en la existencia de los otros, para que todos los otros puedan experimentar el camino de la salvación y alcanzar el nirvana. Es además un amor que se extiende a todos los hombres, incluido los enemigos, y a todas las criaturas. En su desprendimiento, el budista no puede tener enemigos, y está en condiciones de ver una presencia de ser que debe alcanzar la salvación también en las criaturas que no son hombres. Con el mandamiento del desprendimiento, de la lealtad y del amor universal, dado a todos sus seguidores, y con los preceptos especiales dejados a sus monjes –castidad absoluta, pobreza, limosna. Buda está presente en el Nuevo testamento y en el monaquismo cristiano más de lo que parece, e incluso si se ha convertido en un dios para la mayor parte de sus seguidores, no se puede negar que puede ser para muchos de ellos un sendero hacia Cristo.
Por eso la Iglesia “exhorta a sus hijos para que, con prudencia y caridad, por medio del diálogo y de la colaboración con los seguidores” del budismo, den siempre “testimonio de la fe y de la vida cristiana”, recordando e imitando el ejemplo del Maestro divino, que primero obró verdadera y santamente y después enseñó la verdad y la santidad. Nuestra primera tarea de cara a los budistas no es, por tanto, la apología verbal y nunca deberá ser la aburrida polémica; tampoco es la predicación oral, sino la vital. Nuestra fe vivida en la caridad delicada y ardiente; el cristianismo auténticamente practicado será el primer arma eficaz de nuestro diálogo con los budistas. Será también tarea nuestra “reconocer, conservar, hacer progresar los valores (que no son pequeños ni pocos) espirituales, morales y socio-culturales que se encuentran” entre los seguidores de Buda.
Quisiera terminar con el grandioso himno a Cristo de la Carta a los Colosenses en el que se expresa de manera única la grandeza de Cristo, que abarca el mundo, su Divinidad y su Humanidad como una mediación salvadora para todos los hombres sin excepción: “Dad gracias con alegría al Padre, que os ha hecho dignos de compartir la herencia de los creyentes en la luz. Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación. En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles…; todo lo ha creado Dios por él y para él. Cristo existe antes que toda la creación y todas las cosas tienen en él su consistencia. Él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio de todo, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte, y por eso tiene la primacía sobre todas las cosas” (Col. 1,12-18).
Añadimos como respuesta nuestra las siguientes palabras de la segunda carta de Pedro: “A él –Cristo- le pertenece la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (3,18).
Bueno hermana Adriana, disculpa por el extenso texto, pero considero que era necesario aclararlo.
Un saludo a toda tu familia y estamos en contacto.
En Cristo
Lucho